AL COMPÁS DE LA MENTIRA

Las Farc son dueñas hoy de toda la costa del Pacífico, de los departamentos del sur, del Catatumbo, de parte de los llanos orientales y otras regiones del país

Juan Manuel Santos y Papa

Al compás de la mentira

Las Farc son dueñas hoy de toda la costa del Pacífico, de los departamentos del sur, del Catatumbo, de parte de los llanos orientales y otras regiones del país

Jesús Vallejo Mejía
Jesús Vallejo Mejía

Por Jesús Vallejo Mejía

Junio 20 de 2015

Hace poco el Director Nacional de Planeación dijo ante el Comité Intergremial en Medellín que con el postconflicto vendrá una avalancha de inversiones que garantizará el desarrollo de Colombia en los próximos años.

Es el mismo cuento que anda echando Santos en el exterior: ya estamos en la era del postconflicto que hará correr ríos de leche y miel por todo el territorio colombiano.

Desafortunadamente, lo que estamos viendo correr son ríos de sangre de colombianos inocentes, junto con torrentes de petróleo crudo derramado sobre los ríos de la patria, todo ello por obra y gracia del terrorismo de las Farc, tal como lo acaba de  denunciar  Plinio Apuleyo Mendoza en artículo publicado en  El Tiempo” (Vid. http://periodicodebate.com/index.php/opinion/columnistas-nacionales/item/8835-%C2%BFun-nuevo-reparto-de-culpas?utm_source=feedburner&utm_medium=email&utm_campaign=Feed%3A+Portada-PeridicoDebate-PeridicoDebate+%28Portada+-+Peri%C3%B3dico+Debate%29)

De postconflicto se puede hablar una vez terminado el conflicto, sea en virtud de un acuerdo entre las partes enfrentadas o por el triunfo inequívoco de una sobre la otra.

Pero lo que estamos presenciando es una escalada del conflicto por parte de las Farc, y no parece que ello sea el coletazo de un monstruo agonizante, sino una nítida manifestación de fuerza de esos narcoterroristas que, debido a la claudicación de Santos, han recuperado con creces el terreno que habían perdido con Uribe.

Las Farc son dueñas hoy, en efecto, de toda la costa del Pacífico, de los departamentos del sur, del Catatumbo, de parte de los llanos orientales y otras regiones del país. Solo les falta restablecer los anillos con que tenían cercadas a Bogotá, Medellín y Cali, para completar el panorama que padecíamos en 2002.

Bandidos de FARC, en primera clase, a costa del gobierno, mientras asesinan colombianos
Bandidos de FARC, en primera clase, a costa del gobierno, mientras asesinan colombianos

Santos pertenece a una escuela que ve la política como el escenario de un gran espectáculo en el que el disfraz de  la apariencia se impone sobre la realidad y trata de alterarla. Es un dirigente que no se preocupa por suscitar una opinión pública informada y reflexiva, sino por deformarla mediante consignas e imágenes engañosas.

La teoría democrática se basa en el poder soberano de una opinión adecuadamente informada sobre los hechos relevantes del acontecer colectivo, y consciente de sus responsabilidades en torno de sus desarrollos posibles.

En la medida que el ciudadano corriente esté desinformado, sea porque se le ocultan las verdades o porque a cambio de estas se le ofrecen mentiras, su poder de decisión se verá fuertemente limitado y no podrá, en consecuencia, actuar responsablemente sobre los asuntos que conciernen a la cosa pública.

Santos, como muchos políticos, acude sin pudor alguno al engaño y la traición para promover sus iniciativas. Y ello, fuera de las desastrosas implicaciones morales que entraña, es ruinoso para la democracia.

Santos, bailando al compás de la mentira
Santos, bailando al compás de la mentira

Su modelo es el pragmatismo que impera en el mundo político norteamericano, en el que todo está permitido si redunda en el éxito a corto plazo.

Cuando uno observa las tretas de Francis Underwood en “House of Cards”, la exitosísima serie de Netflix, fácilmente encuentra en ese siniestro personaje muchos de los rasgos de la personalidad de Santos.

Bill Clinton dijo hace poco que casi todo lo que se relata en “House of Cards” corresponde a la realidad de la vida política en Washington.

Muchas películas recientes abordan el tema para mostrar la corrupción que reina en el Congreso, en el Poder Ejecutivo, en las Fuerzas Armadas, en los Partidos Políticos, en las Corporaciones y, en fin, en las Cortes de Justicia.

El resultado es el descrédito de las instituciones. Periódicamente se publican encuestas que muestran el desprecio que el norteamericano corriente exhibe respecto de sus instituciones representativas, especialmente el Congreso.

Acabo de ver una de Gallup que ilustra sobre el colapso de la institucionalidad en los Estados Unidos.

Según los datos que arroja, la ciudadanía norteamericana ya no cree en su sistema judicial, como tampoco en la Presidencia ni el Congreso. La confianza en el primero llega apenas al 30%; la segunda solo goza de un 29%; y el Congreso está en ruinas: solo el 7% confía en él (Vid.http://armstrongeconomics.com/archives/24651).

Son cifras comparables a las del deterioro de la confianza en las instituciones que exhibe la opinión pública colombiana.

El Colombiano dedica hoy su editorial a la corrupción que reina en el Congreso y registra este comentario del senador Benedetti:”EN 17 AÑOS HACIENDO POLÍTICA, NUNCA VI TANTA CORRUPCIÓN Y TANTO CLIENTELISMO” (Vid. http://www.elcolombiano.com/opinion/editoriales/la-amenaza-de-la-corrupcion-CM2169477).

Como es bien sabido, la fuerza de las instituciones reposa en la fe de la ciudadanía en la titularidad de su poder, o sea su autoridad, y en los resultados de su ejercicio en pro del bien común. Si esa fe desaparece, la institucionalidad se viene abajo. Estamos al borde del caos.

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