¿IDEOLOGÍA O IMPOSTURA DE GÉNERO?

Eric Fassin, uno de los adictos a la teoría de género, confiesa: “Lo que cuestionamos es la heterosexualidad. Tenemos que pensar un mundo en el que la heterosexualidad no sea lo normal”

¿Ideología o impostura de género?

Eric Fassin, uno de los adictos a la teoría de género, confiesa: “Lo que cuestionamos es la heterosexualidad. Tenemos que pensar un mundo en el que la heterosexualidad no sea lo normal”

Eduardo Mackenzie
Eduardo Mackenzie

Por Eduardo Mackenzie
18 de agosto de 2016

No creamos que las cartillas pornográficas de la ministra Gina Parody desaparecerán tras las numerosas manifestaciones populares de rechazo del 10 de agosto pasado. La jefa de la cartera de Educación y el señor Juan Manuel Santos, presidente de Colombia, optaron por mentir, y por mentir en grande, ante el tremendo clamor ciudadano que se moviliza en defensa de la familia y de los derechos de los niños. Ambos negaron que esas cartillas existieran y que la política del régimen sea la de imponer al precio que sea la “ideología de género” en el sistema educativo del país.

Ambas denegaciones son escandalosas. La existencia de esos textos, su distribución en escuelas y colegios, así como las instrucciones oficiales para impartir semejante “saber” a los menores, son hechos que han sido probados y expuestos por la prensa, por la Procuraduría General, por la Iglesia católica, por las asociaciones de padres de familia y hasta por numerosos rectores de colegios y escuelas públicas.

Una conocida página web de Bogotá demostró que el ministerio que dirige Gina Parody contrató en marzo de 2016, con un organismo de la ONU, la redacción de folletos destinados a los maestros para que formen a los niños en la teoría de género, bajo la apariencia de una enseñanza banal sobre el “respeto a las diferentes y a las opciones sexuales”. El ministerio pagó por eso $1.585 millones. Según la prensa, hay otros documentos del mismo calibre en preparación.

La colérica actitud de Gina Parody ante el debate parlamentario que sobre ese tema organizó el Centro Democrático, y ante las críticas que recibe de todas partes, no auspicia nada bueno. Ella tratará de imponer sus intereses. Ella no reconoce que abusó de su posición dominante, que la teoría de género es nefasta para el desarrollo emocional e intelectual de la niñez y de la juventud y que los colombianos tienen derecho a proteger a sus familias contra la intrusión del Estado. Encendida al rojo vivo por la revuelta ciudadana que pide su renuncia, ella dice que son los otros, no ella, los que están equivocados, los que “manipulan” y promueven una “política de odio, división y exclusión”.

¿Se podía esperar una reacción distinta de Gina Parody? Ella es miembro de una clique de gobierno que se acostumbró a avanzar como una aplanadora por encima de la ciudadanía, a imponer a los demás sus errores, a hacer pasar como “paz” y como “interés general” sus obscuras ambiciones personales. Tal arrogancia del poder obliga a la opinión pública a organizarse y a movilizarse en las calles. Es lo que estamos viendo.

Ruth Olmos, rectora de un colegio de Mariquita (Tolima), resumió así lo que piensan millones de padres de familia: “La ideología de género indicaba que no nacemos hombre o mujer, sino que es un concepto social que se impone (…) Yo no lo creo. Yo he formado mi familia de otra manera. Es respetable, pero no estoy de acuerdo. No estoy de acuerdo de enseñarle a un niño que no es niño ni niña. Las familias en Colombia educamos a nuestros niños de acuerdo al sexo con el que nacen”.

Las congresistas colombianas Claudia López y Angélica Lozano, pareja (a ambos extremos). Desde el Congreso se intenta imponer la legislación de Teoría de Género
Las congresistas colombianas Claudia López y Angélica Lozano, pareja (a ambos extremos). Desde el Congreso se intenta imponer la legislación de Teoría de Género

La teoría de género pretende, en efecto, abolir la educación tradicional y dislocar a la familia. En algunos países manipula, como en Colombia, el aparato escolar para impulsar esa obra de trasgresión fundamental. La idea es que el Estado retire a los padres de familia sus derechos tutelares sobre el hogar. Pretende que los educadores sean los que controlen el desarrollo emocional, intelectual y sensitivo de los niños.

Un personal adiestrado en eso enfatizará que la identidad sexual de las personas no es un hecho natural, sino un producto “social”. Buscará diluir en niños y jóvenes sus identidades sexuales, mediante una pedagogía de la indiferenciación. El sofisma de Simone de Beauvoir “No se nace mujer, se llega a ser mujer”, es utilizado como la verdad revelada en esa cruzada subversiva. El objetivo último de la manipulación izquierdista (pues son esas corrientes las que impulsan esa “revolución”) es que los jóvenes, como lo denuncia Julie Graziani, adversaria de la teoría de género en Francia, lleguen a la conclusión de que “un hombre y una mujer es lo mismo; luego un papá y una mamá es lo mismo; luego se puede tener dos papás o dos mamás”.

Asimilada tal opinión, el matrimonio entre dos personas del mismo sexo será visto como algo normal. Aquí lo que está en cuestión no es el derecho que tienen las parejas homosexuales a realizar uniones civiles que generen garantías y derechos (en materia de impuestos, herencia, etc.), lo que reduce considerablemente las desigualdades respecto de las otras parejas. No está en cuestión el derecho de los homosexuales a vivir su sexualidad tranquilamente y en privado, y a disfrutar de la “igualdad de oportunidades”. Lo que genera debate es que, en nombre de una supuesta igualdad de sexualidades, ellos exijan los mismos derechos de las parejas heterosexuales: matrimonio, familia, hijos, adopciones. Los sectores más extremos piden ir más lejos: un cambio total de valores. Eric Fassin, uno de los adictos a esa teoría, confiesa: “Lo que cuestionamos es la heterosexualidad. Tenemos que pensar un mundo en el que la heterosexualidad no sea lo normal”.

Es esencial que la persona humana conozca sus orígenes. El hijo de una pareja homosexual carecerá de ese derecho. Un niño nacido mediante la PMA (procreación médicamente asistida), o mediante la GPA (gestación para otro, o alquiler de un vientre), corre el riesgo de no saber quién fue su padre o su madre.

Para su correcta estructuración psíquica, social y emocional, todo niño necesita tener durante su crecimiento un modelo de alteridad sexual, un referente hombre y un referente mujer. Desposeerlo de esa alteridad y de la filiación maternal-paternal es inaceptable. La ideología LGBT pretende romper la continuidad natural y forjar un nuevo tipo de seres humanos, transformar las personas en seres andróginos, neutros, ni verdaderamente hombres ni verdaderamente mujeres, hombres y mujeres que, además, no saben quién es o quien fue su padre o su madre.

Substituir la realidad vital del ser humano por un esquema simbólico arbitrario, es la esencia de la teoría de género. Lo que está en juego es enorme. Esa superchería pretende negar que la civilización humana, desde sus comienzos, ha respetado el orden natural y que la cultura ha reforzado la diferencia natural. Los papeles de lo masculino y de lo femenino, forjados por la naturaleza, son consolidados por la cultura, por la sabiduría ancestral. Esta no ha hecho lo contrario. La teoría de género, creyendo que la ciencia y el dinero pueden hacerlo todo, cree que puede invertir ese orden y “cambiar la civilización humana”.

Rodolfo Palomino (dir Policía Nacional), y el congresista Carlos Ferro, miembros de una red de prostitución homosexual en ambas instituciones
Rodolfo Palomino (dir Policía Nacional), y el congresista Carlos Ferro, miembros de una red de prostitución homosexual en ambas instituciones en Colombia

En realidad, el mundo que proyecta esa teoría es detestable. Dominado por los valores gay, el nuevo modelo trasforma a la mujer en máquina que fabrica hijos para una clientela: dos hombres o dos mujeres que no buscan sino su bienestar egoísta. Como si el “derecho al niño” existiera. La fabricación de niños adoptables, destinados a ser abandonados, es un acto inhumano y anti ético. Ese hijo será privado de su madre y no tendrá un linaje maternal y no tendrá a nadie a quien llamar mamá. ¿Es ético hacer pagar ese precio a los niños, pues dos hombres, gracias a una legislación desaforada, tendrían ese derecho?

La esclavitud de las mujeres de los países más pobres, ya comenzó. Hay clínicas en India donde permanecen mujeres que han alquilado sus vientres para portar los embriones de parejas occidentales. El dinero y la medicina de punta están ya fomentando en algunos países un mercado de niños por catálogo para los gays más ricos.

La teoría de género no se limita a cambiar “las mentalidades” sobre la “tolerancia” y la “igualdad sexual” en los colegios: sus consecuencias prácticas son devastadoras. Esa teoría es una empresa totalitaria camuflada que busca “cambiar la civilización”, y que se muestra indiferente a que la sociedad deba pagar un precio monumental: el maltrato de los niños, convirtiéndolos en objetos de venta, de adopciones, separados de sus genitores, privados de filiación, de equilibrio psicológico, de un papá y de una mamá. Millones de mujeres serán reducidas, por dinero, a ser únicamente vientres, fábricas de seres humanos que son destinados a otros.

Discutir de estas cosas es un debate legítimo. Hay que frenar la dinámica legislativa al respecto, sobre todo frente a los desarrollos últimos de esa teoría, como son la PMA y GPA, prácticas declaradas ilegales en varios países.

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