RODRIGO UPRIMNY: ¿PERIODISMO O FILIBUSTERISMO?

Si en Colombia adoptáramos la tesis de Uprimny retrocederíamos a un estadio de primitivismo muy grave en materia de libertad de prensa. Pues ello equivaldría a legitimar el uso de las acusaciones inciertas, el uso de la calumnia

¿Periodismo o filibusterismo?

En el año 2006, Eduardo Mackenzie escribió este artículo sobre la deontología que debería regir el periodismo, y confrontando a Rodrigo Uprimny quien defendía la difusión de noticias falsas y rumores como derecho del periodista. Mackenzie envió la nota a Semana, revista de la cual el periodista residente en Francia fue periodista fundador. Pero la revista no la publicó. Si Semana hubiera rechazado las ideas de Uprimny, esa revista no hubiera cometido tantísimos abusos. Uprimny es hoy el principal diseñador de la justicia que le dará impunidad a las FARC. Este artículo de Mackenzie cobra especial significado hoy.

Eduardo Mackenzie

Por Eduardo Mackenzie
París, 10 de mayo de 2006
Para la revista Semana, Bogotá

“Exigirle a los medios la prueba judicial de sus denuncias es una forma de autocensura”, escribió hace unos días Rodrigo Uprimny en Semana. Tal planteamiento contradice un postulado que los periodistas hemos defendido toda la vida: una cosa es la verdad periodística y otra cosa es el rumor y la mentira.

Lo que pretende Rodrigo Uprimny es que toda crítica a funcionarios del gobierno es legítima, así se base en nada, así se base en una suposición o, peor, así se base en una mentira. Rodrigo Uprimny lo dice textualmente: “Cuando se trata de denuncias que conciernen la labor de funcionarios, no se puede exigir a la prensa que pruebe, como si fuera un juez, la verdad de los hechos, ya que dicho requerimiento silenciaría la labor de denuncia de los medios.” En otras palabras: “No se puede exigir la verdad de los hechos”. He aquí la esencia de la tesis de Rodrigo Uprimny.

Rodrigo Uprimny. DeJusticia

Si no se le puede exigir a la prensa la verdad de los hechos, ésta puede, en toda lógica, difundir mentiras impunemente. Puede utilizar el rumor y la calumnia. Puede utilizar el chantaje y la amenaza. Requerir la verdad o, lo que es lo mismo, la prueba de ésta, equivale, según Rodrigo Uprimny, a “silenciar la labor de denuncia”. Luego, habría que tolerar la difusión de informaciones que no reposan en nada.

Esto no es periodismo, eso es filibusterismo.

Nada peor para una democracia que el periodismo basado en rumores, en conjeturas. Nada mejor para incitar a la violencia que la difusión de noticias falsas, o de noticias dudosas. Ese enfoque modificaría totalmente la función de la prensa que no es sólo la de informar. En una democracia, la prensa nutre la reflexión y ayuda a la formación de la opinión presentando y analizando los hechos. Ella tiene una misión educadora: completa la escuela, informa al ciudadano y orienta a los gobernantes.

Rodrigo Uprimny podría haber comenzado por citar lo que dicen los códigos de ética y de deontología de los sindicatos de periodistas y de las agencias de prensa occidentales. A cambio de eso evoca un fallo norteamericano de 1964 (!) y otro europeo de 1986 (!), los cuales, según él, validan su tesis. ¡Pero fallos en materia de prensa hay todos los días en Estados Unidos y en Europa! ¿Por que no cita uno reciente? El afirma que el fallo New York Times v/s Sullivan de 1964 “ha sido ampliamente seguido por otros jueces en el mundo”. Ello está lejos de ser exacto.

El periodismo basado en la omnipotencia del media, a quien no se le puede exigir la verdad, es el periodismo del escándalo, de las pseudo-revelaciones explosivas y de la agitación permanente, de la difamación legalizada. Ese tipo de periodismo existió en muchos países. Las reglas que prevalecen hoy son el resultado de un combate tremendo contra esos excesos. Uprimny parece querer ir más lejos. En su modelo la difamación sería soberana pues la victima no tendría ningún derecho: no podría ni pedir al difamador pruebas de lo que avanza, y toda critica del acto difamador constituiría un odioso obstáculo al periodismo, una “inhibición a la capacidad investigativa y de denuncia de la prensa”.

Alejandro Santos, Cecilia Orozco, Antonio Navarro y Rodrigo Uprimny

Todo buen periodista sabe que la prueba existe en periodismo. Que la prueba es importante en periodismo. La crítica de la acción de los funcionarios (y de todo ciudadano) es legítima y necesaria a condición de que repose sobre la verdad, en hechos indiscutibles, verificados. El derecho de prensa no es una patente de corso. La crítica sin fundamento es una arbitrariedad, una negación del derecho.

Pensemos en el caso Watergate (1972-1974). La prensa, sobre todo el New York Times, no jugó su papel moralizador basado en impresiones ni en la buena fe de los periodistas (como preconizaría el fallo de 1964). Las acusaciones contra el presidente Richard Nixon se basaron en una abundante masa de pruebas, de documentación de todo tipo. El fallo de 1964 es encomiable, si se quiere, pero es inaplicable. Los periodistas norteamericanos se exigen mucho más a ellos mismos al momento de redactar sus noticias, sus comentarios y sus críticas. ¿Qué periodista lanza hoy afirmaciones dudosas so pretexto de que será muy difícil a su victima comprobar la ausencia de “dolo real y efectivo” del comunicador, como exige el fallo de 1964? ¿Los periodistas colombianos pueden ignorar ese ejemplo?

De pie: Ricardo Santamaría, María Camila Moreno, Álvaro Jiménez, Marina Gallego,  Jineth Bedoya. Sentados: María Victoria Llorente, Piedad Córdoba, Alejo Vargas y Rodrigo Uprimny

Cuando Émile Zola lanzó su famoso “J’accuse”, en 1898, lo hizo basado no en un rumor acerca de la inocencia del capitán Dreyfus. Se basó en documentos, en las cartas incautadas que probaban la inocencia de Dreyfus. Con esa prueba, el diario conservador l’Aurore pudo conducir su valiente campaña contra el ejército y exigir la reapertura de la investigación. Tras un combate intelectual de carácter histórico contra el antisemitismo y por la verdad, Dreyfus fue rehabilitado en 1906

Si en Colombia adoptáramos la tesis de Uprimny retrocederíamos a un estadio de primitivismo muy grave en materia de libertad de prensa. Pues ello equivaldría a legitimar el uso de las acusaciones inciertas, el uso de la calumnia. Esa licencia para criticar violentamente, y para matar con la crítica, sobre la base de rumores no probados, o sobre la supuesta “buena fe” de un periodista, se convertiría en instrumento de venganza. Sería instaurar un régimen donde la opacidad reina. Pues si no se puede exigir a la prensa la verdad de lo que dice a nadie se le podría exigir la menor transparencia. Una democracia que se respete no tolera esas conductas.

La promoción de esa tesis coincide con una campaña lanzada por José Miguel Vivanco. El activista de Human Rights Watch, un virtuoso de la acusación sin pruebas, de los juicios mediáticos sumarios y sin derecho de defensa, sobre todo cuando se trata de la sociedad colombiana, preconiza desde julio de 2005 un uso permanente del fallo de 1964. El filibusterismo es una cosa, el periodismo, otra.

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