RESPUESTA A DOS ESTUDIANTES DE SOCIOLOGÍA

¿Por qué los impulsores del movimiento actual quieren que no sea el Congreso quien discuta esa ley? Por una razón. Porque algunos pretenden no mejorar el sistema universitario sino cambiarlo por otro

Respuesta a dos estudiantes de sociología

Eduardo Mackenzie

Por Eduardo Mackenzie

17 de noviembre de 2011

 La carta de Laura Marcela Serrano Vecino y de Angie Paola Ariza Porras, estudiantes de la Universidad Nacional de Bogotá, refleja una cierta nobleza de carácter: no ocultan sus nombres y buscan una verdadera discusión. Nada que ver con otros mensajes, anónimos, vehiculizados por internet.  Son de una tal bajeza moral e intelectual que carecen de interés. No fueron escritos por universitarios sino, probablemente, por gamberros embrutecidos interesados en impedir que haya una  discusión libre e inteligente.

Empero, es saludable el hecho de que mi crítica sobre la aparición de la bandera roja con la hoz y el martillo en la cúspide del armazón de la plaza de Bolívar de Bogotá, durante la manifestación universitaria del 10 de noviembre, haya desatado una fuerte controversia.

Laura y Angie intervienen en ésta pero en un tono franco y digno. Dicen que ellas no se identifican “bajo ese símbolo”. Ellas estiman que esa bandera es el  símbolo “de la ideología de grupos comunistas”.  Esas afirmaciones son encomiables  pero la última es inexacta. Esa bandera es el símbolo, no de grupos, sino de un vasto sistema político que gobernó muchos Estados  y que abolió, donde pudo, mediante la violencia más extrema, las libertades y la economía capitalista. Esa bandera es el símbolo de dictaduras marxistas que exterminaron millones de personas y hundieron en la miseria a quienes sobrevivieron a esa pesadilla. Es la bandera, entre otros, de Stalin, Mao, Pot Pot y Fidel Castro, los más grandes genocidas que hubo en la historia.

Reducir esa bandera al símbolo de unos “grupos” tiene una ventaja: los crímenes de masa abominables que fueron cometidos por el poder comunista desaparecen de la discusión. Los comunistas no quieren, en efecto, que el país conozca ese debate. No quieren que Colombia los vea como lo que son: parte integrante de un sistema que llevó, y lleva aún hoy, a millones de personas a la pobreza extrema y a la muerte.

La gente que utilizó ese símbolo no quiere que los jóvenes entiendan que los crímenes que cometen las Farc, y los otros aparatos terroristas de ideología marxista en Colombia, son el resultado inevitable de esa ideología.

Los encapuchados, que quieren pasar como estudiantes, desataron el vandalismo en Bogotá

Por eso muchos colombianos protestaremos cada vez que la bandera del comunismo aparezca en las manifestaciones. ¿Dejaríamos sin críticas la aparición de la bandera del hitlerismo en una manifestación en Colombia? No. Empero, el hitlerismo y el comunismo, y sus respectivas banderas, representan programas similares: la masacre de masas como método de gobierno, la dictadura policial más extrema y la destrucción de la democracia. El hitlerismo hizo eso en nombre de la abolición de unas razas. El comunismo lo hizo y lo hace en nombre de la abolición de unas clases sociales.

Es lamentable que ustedes, jóvenes universitarias,  no hayan descubierto todavía cuál es el meollo del problema, y que acepten sin mayor reflexión que ese horrible trapo presida sus manifestaciones.

El uso de ese emblema no fue consultado con los estudiantes. Ustedes dicen que la actual movilización universitaria  es “amplia” y que allí “caben posturas de todo tipo” y que “todos los sectores” debe ser “respetados”. Magnifico. Sin embargo, lo que pasó en estos días es la negación de ese principio: un sólo sector avasalló a los otros y puso por encima de todos ustedes ese símbolo infame para dar a entender que quien dirige son ellos, que todos ustedes tienen una misma idea de ese movimiento y que marchan bajo las órdenes de unos genocidas.  ¿Por qué la bandera de Colombia fue puesta debajo del trapo comunista? ¿Dónde estaban las banderas de los “otros sectores”? ¿Cómo fue respetada la diversidad del movimiento? ¿Por qué aceptaron ustedes que Piedad Córdoba, quien no es estudiante, ni profesora, ni tiene hijos universitarios, tomara la palabra y amenazara  a Colombia, en la plaza de Bolívar,  con la continuación del terrorismo de las Farc?

Mis recriminaciones no son, pues, contra el movimiento estudiantil, todo lo contrario, sino contra quienes utilizan el movimiento estudiantil para impedir las reformas y crear polarizaciones sociales tóxicas.

Sus manifestaciones no han sido pacificas. Fueron más bien una mezcla de dos cosas, de violencia minoritaria y de vistoso pacifismo. Ese movimiento tiene pues un doble carácter, lo que es otra cosa. Esa tara de los atropellos que ocurrieron contra la fuerza pública, en ciertos momentos, y contra ustedes mismos, en otros, son inocultables y ustedes no hacen bien en negarlo.

Ustedes pretenden que el “único motor” del movimiento universitario es “la exigencia de educación pública, gratuita y de calidad”. Muy bien. Empero, la educación pública, gratuita y de calidad es un derecho consagrado en la Constitución colombiana. La educación universitaria en Colombia tiene muchos defectos y no brilla, es cierto, en las mediciones que hacen algunos institutos especializados. Sin embargo, esa educación existe y es susceptible de mejoras. Ustedes luchan por eso y su objetivo es altruista pero no deberían dar la impresión de que van a ese combate como si partieran de cero.

¿Por qué una parte de la opinión, y eso se ve en las informaciones y comentarios que vehiculiza la prensa, tiene la sensación de que ustedes no ha terminado de ponerse de acuerdo sobre lo que  quieren, es decir sobre el contenido mismo de la reforma? Ustedes han avanzado en cuanto a la movilización misma, en cuanto al aspecto operativo de esa movilización. Han repudiado la ley 30 y han lanzado ideas, que pueden ser erradas o no, sobre cómo, dónde y con quien discutir. Pero no hay gran claridad sobre el contenido mismo de la reforma.

Ustedes proponen, por ejemplo, un tipo de discusión: a través de las “mesas ampliadas”. Pero los contornos  de eso no son claros. Ustedes han vetado al Congreso, han pedido la renuncia de la ministra, quieren entablar una discusión no se sabe dónde, ni con quien y están a punto de perder el semestre. Eso no tiene sentido. En una democracia no es la calle la que gobierna, ni la que hace la ley.  En una democracia es el Congreso, con sus eventuales imperfecciones y defectos, quien discute y aprueba las leyes y el gobierno elegido por los ciudadanos es quien aplica una política dentro de los marcos de una Constitución y de unas leyes. La movilización callejera es un derecho, pero no es una panacea, y no puede ser absolutizada. La movilización callejera no convierte a nadie en legislador, ni en gobierno.

La reforma de la educación superior es algo urgente y necesario pero no son los estudiantes quienes pueden decidir su contenido.

¿Por qué los impulsores del movimiento actual quieren que no sea el Congreso quien discuta esa ley? Por una razón. Porque algunos pretenden no mejorar el sistema universitario sino cambiarlo por otro. Quieren que el país, sin discusiones completas y transparentes, vaya hacia un sistema de educación única y nacionalizada y que renuncie a un sistema plural donde la iniciativa privada, las empresas públicas y las privadas, también puedan contribuir al desarrollo y a la financiación de los centros universitarios. La consigna de ustedes de “no privatización de la educación” es absurda. Corresponde, sin que lo sepan, quizás, a un modelo de educación totalitaria.

La excelencia universitaria se da en países que inventaron el sistema mixto y lo han defendido y perfeccionado, descartando la visión de la universidad única, propiedad exclusiva del Estado y financiada únicamente por el Estado y por el partido de gobierno. Ese experimento ya fue hecho en otros países, justamente en aquellos que enarbolaban la bandera con la hoz y el martillo y sus resultados fueron lamentables.

Esa tentación, la de hacer de la universidad un instrumento de control social, de policía cultural y de dictadura del pensamiento, existe. Ustedes deberían abrir los ojos y ver cuáles son las intenciones últimas de quienes hoy se llenan la boca de insultos contra el sistema actual y prometen un sistema educacional “alternativo”, óptimo y muy eficiente y, sobre todo, muy rápidamente, mediante el sofisma de prohibir el financiamiento privado y multilateral de las universidades.

Ustedes no han presentado claramente el contenido que quieren para la universidad. ¿Lo conocen acaso?

Ustedes han propuesto, más bien, unos métodos de trabajo. Hablan de discusiones en unas “masas de trabajo”. Pero de discusiones  en “mesas” al margen del Congreso ya hay una experiencia muy negativa en Colombia. El proceso de las “mesas” se sabe cómo comienza y no se sabe cómo termina. A finales de1984, el gobierno de Belisario Betancur  y el M-19, en medio de una especie de tregua inestable, se pusieron de acuerdo y crearon  una “comisión de diálogo”. Esta creó, al margen del Congreso y de los partidos,  diez curiosas “mesas de trabajo” (así se llamaban) que comenzaron a trabajar a todo vapor. Abordaron todos los temas sensibles: reforma del Congreso, reforma de la Justicia, reforma del Ejército,  reforma de la Educación, reforma del Trabajo, reforma agraria, reforma urbana, reforma del régimen municipal, etc. Unas semanas después, el país descubrió lo que estaba pasando: esos cenáculos exiguos estaban tratando de desmantelar el sistema y de remplazarlo por otro. Las discusiones transcurrían apenas entre una docena de personas que nadie había elegido, al margen de todo el mundo. En un momento dado, el M-19 llegó a advertir que las conclusiones de esas “mesas de trabajo” serían “obligatorias” para el país. Por fortuna, el Parlamento puso el grito en el cielo y la peligrosa aventura terminó. La respuesta del M-19  fue violenta: organizó otros “diálogos” sin interlocutores en Cali, Medellín, Barranquilla y Bucaramanga, que obviamente fracasaron, y abrieron de nuevo hostilidades en junio de 1985.Cuatro meses después realizaron el sangriento asalto contra el Palacio de Justicia.

Ese precedente debe llamar la atención de ustedes. Sobre todo cuando apunta de nuevo la idea de unas “mesas de trabajo” a espaldas del Congreso. ¿No es curioso que ese mecanismo resurja ahora y que ese mismo vocabulario regrese?  ¿Por qué símbolos ominosos aparecen en las manifestaciones? Piénsenlo bien. Ojalá que nadie esté trabajando tras bambalinas para llevar a los estudiantes a un proceso de radicalización extremo. Ejemplos de eso han sido vistos por el país. Admitan al menos que el método que proponen no es bueno.  Esas “mesa de trabajo”, así sean “ampliadas” y todo lo que ustedes quieran, al comienzo pueden ser muy transparentes. Al final resultan en manos de unos pocos. ¿Es eso democrático? ¿Es eso lo justo con el país?

 

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